Por Hugo García Crespo*
En los comicios que se realizaron el pasado domingo 26 de octubre, se buscó renovar 127 bancas de Diputados y 24 del Senado. La Libertad Avanza obtuvo, a nivel nacional, más del 40% de los votos en esas elecciones legislativas. Aunque fue la fuerza más votada, La Libertad Avanza no obtuvo una mayoría absoluta que le permitiera gobernar sin alianza. Desde la teoría política, esto puede entenderse como una característica estructural de los sistemas presidencialistas contemporáneos, donde la legitimidad de origen no garantiza la capacidad de gobierno. Como advierte Juan Linz, la ausencia de mayoría legislativa genera una dualidad de legitimidades entre el Ejecutivo y el Congreso, lo que obliga a construir acuerdos para evitar bloqueos institucionales. En este contexto, la capacidad de Milei para sostener su agenda dependerá menos del respaldo electoral que de su habilidad para tejer consensos dentro de un sistema político.
Es aquí donde entran en juego los gobernadores. En el caso particular de la provincia de Neuquén, donde la primera minoría es de Neuquinizate, que obtuvo una banca en Diputados y otra en el Senado, la articulación con el gobierno nacional será clave. En un escenario sin mayoría propia, los canales institucionales deberán aceitarse para poder funcionar, ya que los apoyos provinciales se transforman en actores de veto o de impulso para la agenda del Ejecutivo.
Desde la teoría política del federalismo, la relación entre la Nación y las provincias se vuelve central para la gobernabilidad en sistemas presidencialistas fragmentados. Los gobernadores actúan como intermediarios del poder territorial y muchas veces como “bisagras” entre el Congreso y el Ejecutivo. En ese marco, la capacidad de La Libertad Avanza para sostener su programa dependerá en buena medida de la negociación con esos liderazgos subnacionales, que administran no solo recursos políticos sino también institucionales en el Congreso.
En la provincia de Neuquén, la campaña electoral reflejó con nitidez el clima político nacional. La Libertad Avanza logró arrasar en las urnas, capitalizando un discurso de ruptura que conectó con un electorado cansado de la retórica tradicional y de los aparatos partidarios. Su narrativa –basada en la anti política, la eficiencia y la confrontación con “la casta”– logró instalar un sentido de renovación frente a estructuras percibidas como obsoletas usadas en las políticas tradicionalistas.
A contramano, la mayoría de los partidos neuquinos quedaron atrapados en un discurso demodé, anclado en lógicas del pasado, con mensajes vacíos de contenido programático y candidaturas sin densidad política propia. Las campañas parecieron más un ejercicio de posicionamiento individual que una disputa de proyectos colectivos. En muchos casos, la apelación a la gestión o al federalismo se agotó en consignas sin relato, sin una narrativa capaz de interpelar las nuevas sensibilidades sociales y económicas que atraviesan la provincia.
Desde una mirada teórica, podría decirse que Neuquén expresó en pequeña escala lo que Ernesto Laclau (2005) define como la disputa por la hegemonía discursiva: La Libertad Avanza logró articular significantes vacíos –“libertad”, “anti casta”, “orden”– que condensaron el malestar social y dieron forma a una nueva cadena de sentido, mientras las fuerzas tradicionales y nuevas no lograron actualizar sus lenguajes ni sus símbolos.
El resultado en Neuquén no puede leerse de manera aislada: expresa un fenómeno nacional donde La Libertad Avanza reconfigura el mapa político a partir de un discurso emocionalmente eficaz y simbólicamente potente. Lo que en otros momentos fue territorio de hegemonía de un partido provincial, hoy se ve atravesado por una ola liberal-libertaria que desdibuja las fronteras tradicionales entre izquierda y derecha, pueblo y élite, centro y periferia.
Desde un punto de vista de la teoría política contemporánea, esta transformación puede entenderse como un proceso de realineamiento electoral (Key, 1955) en el que los clivajes históricos dejan de organizar la competencia política. En este nuevo escenario, las identidades partidarias tradicionales pierden peso frente a discursos que apelan a la autenticidad, la ruptura y el enojo social.
Neuquén, en ese sentido, funciona como un laboratorio del nuevo ciclo político argentino: una provincia históricamente estructurada por el peso del Estado, emerge un voto liberal que interpela directamente a las bases que antes eran movimentistas. La campaña de La Libertad Avanza logró traducir ese malestar en una narrativa individual y anticorrupción, mientras las fuerzas locales quedaron atrapadas en una gramática del pasado, sin capacidad de renovar símbolos ni horizontes de futuro.
El desafío que deja este resultado es doble: para el oficialismo nacional, consolidar gobernabilidad en un escenario de fragmentación; para las fuerzas provinciales, repensar sus discursos, liderazgos y vínculos con la sociedad, si pretenden volver a tener un papel relevante en la nueva configuración política que se abre tras el triunfo libertario.
*Licenciado en Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires
