Capacitaciones en poda de frutales en la región, un recurso clave para la fruticultura.
En los , la poda ocupa un lugar estratégico dentro del calendario agrícola. Aunque a simple vista pueda parecer una tarea rutinaria, su correcta implementación tiene un impacto directo en la , en la sanidad de los montes y en la eficiencia del trabajo rural. Cada invierno, cuando los árboles entran en reposo, comienza una etapa decisiva que definirá en gran medida el resultado de la próxima cosecha.
Podar no es solo cortar ramas. Es una práctica que busca ordenar el crecimiento del árbol, permitir una mejor entrada de luz y aire, y asegurar que la planta distribuya su energía de manera equilibrada. Un árbol bien podado produce frutos de mejor tamaño, color y firmeza, además de facilitar tareas clave como la cosecha o la aplicación de tratamientos sanitarios.
“El objetivo es formar una estructura que permita al árbol producir lo antes posible y de manera equilibrada”, explica el técnico del INTA, Sergio Ziaurriz. En ese sentido, una de las formas más recomendadas es la piramidal: ramas más largas en la base y más cortas hacia la parte superior. Este diseño favorece la captación de luz en todo el árbol, un factor determinante para el desarrollo de fruta de calidad.
Distintos sistemas de conducción
La altura de los árboles también es un aspecto a tener en cuenta. En sistemas conducidos en espaldera, se recomienda que no superen la distancia entre filas, mientras que en montes más tradicionales el límite ronda los cinco metros. Esto no solo mejora la eficiencia en la aplicación de productos fitosanitarios, sino que también facilita el trabajo diario de los operarios.
Otro punto clave es la distancia entre ramas estructurales. Mantener una separación adecuada permite una mejor ventilación y evita problemas sanitarios asociados a la humedad. Además, contribuye a un crecimiento más equilibrado del árbol y reduce la competencia interna por recursos.
Sin embargo, no todos los frutales se manejan de la misma manera. En el caso de los manzanos, las prácticas de poda varían según la variedad. Existen cultivares que producen fruta en los extremos de sus ramas, por lo que no conviene despuntarlas, mientras que otros requieren intervenciones más precisas para regular la carga y evitar excesos productivos que puedan afectar la calidad.
Particularidades en la poda del peral
En perales, el manejo también presenta particularidades. Las ramas jóvenes suelen dejarse crecer hasta que desarrollan estructuras productivas, y luego se intervienen durante el invierno. En variedades como Williams, este manejo resulta clave para lograr un buen calibre de fruta. Además, cada ciertos años es necesario renovar las ramas, eliminando aquellas que ya cumplieron su ciclo productivo.
Más allá de las diferencias entre especies, hay un punto en común: la poda requiere conocimiento, práctica y criterio. Por eso, la capacitación se vuelve fundamental. En INTA Villa Regina, desde hace más de una década se dictan cursos que combinan teoría y trabajo a campo. Allí se enseñan técnicas de poda en distintos frutales, el uso adecuado de herramientas y normas de seguridad para los operarios.
Durante las prácticas, los participantes trabajan sobre plantas completas utilizando escaleras, tijeras manuales y neumáticas, y serruchos. También aprenden a mantener las herramientas en condiciones óptimas, un aspecto clave para lograr cortes precisos y evitar daños en las plantas.
Los resultados de estas capacitaciones son visibles. Según los técnicos, se ha logrado mejorar significativamente la calidad de la fruta, con mejores calibres y color, y una reducción de las pérdidas por descarte. En frutales de carozo, además, una poda adecuada permite optimizar el raleo manual, reduciendo tiempos y costos.
“La poda no solo mejora la producción y la calidad de la fruta, sino que también fortalece el entramado social y económico de las regiones frutícolas”.
Sergio Ziaurriz, técnico del INTA.
En los últimos años también se observa un cambio en el perfil de quienes se capacitan. Aumenta la participación de mujeres y de trabajadores que llegan desde otras provincias y deciden quedarse en la región.
Quienes completan la formación pueden acceder a listados que se comparten con productores y empresas, lo que facilita su inserción laboral. Además, cuentan con acompañamiento técnico en los primeros meses de trabajo, lo que contribuye a consolidar sus habilidades en el campo.
En este contexto, la poda deja de ser vista como una tarea secundaria para convertirse en una herramienta estratégica. “No solo mejora la producción y la calidad de la fruta, sino que también fortalece el entramado social y económico de las regiones frutícolas”, destaca Ziaurriz. “En cada corte preciso, se juega mucho más que la forma de un árbol: se define el futuro de toda una cadena productiva”, agregó.
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