Las relaciones que se tornan tóxicas representan una de las problemáticas más silenciosas y destructivas en nuestra sociedad. Lo que en sus inicios se presenta como un vínculo idílico y encantador, puede transformarse rápidamente en una intrincada red de manipulación, aislamiento y violencia. En una reciente intervención radial, Sabrina Contreras, psicóloga y presidenta del Colegio de Psicólogos de Neuquén, profundizó en los mecanismos de estos lazos y ofreció herramientas esenciales para quienes buscan una salida.
Nadie elige conscientemente entrar en una relación abusiva. Al contrario, las personas con rasgos psicopáticos o narcisistas suelen emplear una táctica conocida como love bombing o “bombardeo de amor”. Durante esta fase inicial, el agresor se muestra excesivamente complaciente, cubriendo con creces las necesidades afectivas de la víctima para cimentar confianza y dependencia. Es un proceso insidioso que sienta las bases para el control futuro.
Una vez que el vínculo se consolida, los límites saludables comienzan a disolverse. El control se camufla bajo el pretexto del cuidado, y los celos se justifican como una prueba de amor. De forma progresiva, el manipulador aísla a la víctima de su entorno cercano, sembrando dudas sobre sus amistades, exigiendo acceso a sus contraseñas o provocando conflictos familiares, hasta dejarla sin su principal red de contención.
La violencia de género no se inicia con una agresión física; se construye de manera escalonada. Profesionales e instituciones ilustran esto con la metáfora del “iceberg de la violencia”. En su base, sumergidos y casi imperceptibles para el círculo externo, se encuentran los micromachismos, el humor sexista, el control financiero y la anulación emocional de la pareja.
En esta esfera oculta opera el gaslighting (luz de gas), una forma de abuso psicológico sistemático donde el agresor distorsiona la percepción de la realidad de la víctima, negando hechos o conversaciones, lo que la lleva a dudar de su propio juicio. Esta dinámica socava la autoestima y genera una culpa paralizante. Cuando la violencia emerge a la superficie del iceberg, a través de agresiones físicas, el daño psicológico previo ya ha inmovilizado a la persona afectada, dificultando su capacidad de reacción.
Para comprender la gravedad de esta situación, las estadísticas del Observatorio de Femicidios en Argentina son contundentes: se registra un femicidio en el país aproximadamente cada 30 horas. Esta cruda realidad subraya la necesidad urgente de identificar las primeras conductas de control antes de que escalen.
Abandonar este tipo de dinámicas es un camino extremadamente complejo, con similitudes psicológicas a la recuperación de una adicción. Contreras enfatiza que nadie debe transitar este proceso en soledad y señala tres estrategias fundamentales para la salida.
Primero, buscar ayuda profesional es el paso innegociable. Iniciar un proceso psicoterapéutico permite reconstruir la autoestima dañada, entender los patrones de vulnerabilidad y sanar el trauma generado por el abuso.
Segundo, aplicar el contacto cero resulta crucial. Es vital bloquear de forma definitiva todo canal de comunicación con el agresor —ya sean redes sociales, teléfono o entornos compartidos— para evitar recaídas ante falsas promesas de cambio, que a menudo son parte del mismo ciclo de manipulación.
Tercero, reconstruir la red de apoyo es indispensable. Retomar el contacto con el núcleo cercano de familiares y amigos proporciona un soporte esencial. Quienes acompañan deben ofrecer una escucha libre de juzgamientos, brindando apoyo sin presiones, pero manteniéndose firmes como un pilar de resguardo.
Si atraviesa una situación de maltrato o violencia, romper el silencio es el acto de defensa más importante. La ayuda está disponible y salir adelante es posible.
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