Reynaldo Sietecase, con más de cuatro décadas dedicadas a la escritura como periodista, poeta y narrador, llega a la Feria Internacional del Libro de Neuquén para compartir los detalles de su obra más personal, “Cabrón”. Este libro, editado por Alfaguara, se desmarca de su extensa producción al ser una profunda exploración de su propia historia familiar, centrándose en la figura de su padre, de quien heredó el mismo nombre.
La cita con Sietecase es este mismo viernes, a las 19, en el Auditorio Marcelo Berbel, donde conversará con Eugenia Zicavo sobre esta obra tan particular. Aprovechando su primera visita a la provincia, el periodista también planea conocer Añelo, el corazón de Vaca Muerta.
“Si tengo alguna misión en este mundo es contar”, afirma Sietecase, y esa vocación de narrar se manifiesta en cada faceta de su carrera: desde el periodismo de análisis en su programa “La inmensa minoría” en Radio con vos, hasta la paciente labor del poeta y la perspicacia del autor de novela criminal. Con “Cabrón”, asume el rol de un “arqueólogo de su padre”, desentrañando una vida a través de objetos y recuerdos.
Aunque hoy es reconocido por su trayectoria periodística, Sietecase se considera escritor desde mucho antes. Con ocho libros de poesía publicados, relata que la literatura fue su primera pasión, gestada en grupos literarios en Rosario. Fue en 1989, al ganar una beca en el diario Clarín, cuando descubrió que el periodismo podía ser el medio para “vivir de escribir”, un punto de inflexión en su vida profesional.
Su carrera periodística lo llevó por diversas redacciones y transformaciones del medio, desde Rosario a Buenos Aires, donde en 1998 Jorge Lanata lo convocó para la revista Veintiuno. Esta mudanza, que lo encontró solo y lejos de su familia, le brindó el tiempo para concretar una novela. Con el aliento de Tomás Eloy Martínez, así nació “Un crimen argentino” en 2002, marcando una nueva etapa en su obra.
En sus novelas, Sietecase prefiere el término “novela criminal” sobre “policial”, argumentando que en Sudamérica, la policía a menudo “es parte del problema” y no siempre quien resuelve los crímenes. Su enfoque se centra en el “qué pasó y por qué no se resuelve”, utilizando el género para radiografiar la sociedad, las relaciones de poder y las clases sociales de una ciudad. Obras como “La Rey” (finalista del Premio Dashiell Hammett 2026), “A cuántos hay que matar” y “No pidas nada” ejemplifican esta mirada.
“Cabrón”, sin embargo, representa una ruptura con esta tradición. La idea surgió durante una maestría en Escritura Creativa en la UNTREF, dirigida por María Negroni. Un ejercicio, inicialmente sobre su padre y una guitarra, lo impactó al darse cuenta de que ya no podía recordar la voz de su progenitor, fallecido en 2004. Este descubrimiento lo llevó a digitalizar viejos casetes de televisión, donde encontró una grabación de su padre.
Escuchar nuevamente su voz, y reconocer objetos que su padre usaba —sus anteojos, una pulsera, un anillo de oro— desató un proceso. “De pronto sentí como si esos objetos empezaran a hablar, como si tuvieran cosas para decir y yo tuviera cosas para decir sobre ellos”, relata. La tesis de su maestría se tituló “Arqueología de mi padre”, y su editora, Magalí Etchebarne, identificó en ese material el potencial para un libro.
El proceso de escritura de “Cabrón” fue, según Sietecase, “muy profundo”, y contó con el apoyo del análisis. Reflexionar sobre su padre implicó una introspección sobre su propia paternidad. Con dolor, Sietecase descubrió en sí mismo rasgos de su padre que no le gustaban: “Soy riguroso, hincha, controlador. Un montón de cosas que no tenía tan claras”. Esta revelación lo llevó a revisar muchas de sus actitudes y a sentir “ganas de pedirle perdón a mucha gente”.
El libro no solo explora la relación con su padre, sino que también reconstruye una red familiar más amplia. Sietecase incluye la voz de la segunda esposa de su padre —quien, de hecho, bautizó el libro como “Cabrón”—, la de su hermana, abuela y una entrañable tía. También aborda la figura de su abuelo paterno. Un viaje a Sicilia con su padre, motivado por la búsqueda de una reconciliación de este último con su progenitor ausente, no cambió la percepción de su padre, pero sí transformó la de Sietecase hijo, quien encontró su propia manera de reconciliarse.
El nombre, Reynaldo Sietecase, idéntico al de su padre, fue otra herencia bajo la lupa. Si bien la coincidencia generó confusiones, también le sirvió como una “pequeña venganza” al publicar poesía erótica, contrastando con el pensamiento de su padre. Este último, que había querido para él una carrera en Ciencias Económicas (Sietecase llegó a aprobar unas 60 materias) por temor a que no pudiera vivir de escribir, con el tiempo manifestó un orgullo silencioso.
Al final, Sietecase logró “reencontrarse” con su padre. Aprendió a aceptar que no lo cambiaría, ni él a su padre, y que era posible compartir un espacio de debate y comprensión mutua. Un “proeza”, como lo describe el autor, para un hombre que, a pesar de provenir de una familia con “tanto desamor”, pudo construir la suya propia.