En una semana donde su nombre resonó para la nominación al Balón de Oro, Kylian Mbappé cumplió las expectativas en el terreno de juego. El delantero francés marcó dos goles y fue figura clave en la victoria 4-1 del Real Madrid sobre el Rayo Vallecano. Sin embargo, en el Santiago Bernabéu, el marcador no fue suficiente para disipar las dudas que rodean al equipo. Tras la goleada, resurgió la imagen de un conjunto inconsistente, capaz de mostrar destellos de brillantez por momentos, solo para desaparecer durante gran parte del encuentro. Al sonar el pitido final, los aplausos se mezclaron con silbidos de la afición.
Esta reacción del público se ha convertido, quizá, en la noticia más relevante en Madrid. Más allá de los tres puntos sumados por el equipo de José Mourinho, persiste una relación incómoda entre el plantel y sus seguidores. El Bernabéu ya había manifestado su descontento tras la derrota ante el Betis y tampoco había quedado del todo satisfecho con el triunfo frente al Inter por la Champions League. Esta vez, una victoria con tres goles de diferencia no bastó para cambiar el clima.
El partido parecía sentenciado en sus primeros compases. En apenas dos minutos, el Real Madrid aprovechó las falencias del rival para encaminar el resultado. Mbappé abrió el marcador de penal, y poco después, un error defensivo del francés Florian Lejeune derivó en una combinación entre Vinícius, el propio Mbappé y Álvaro Carreras para el 2-0.
Todo indicaba que la noche sería una fiesta. La euforia creció cuando Jude Bellingham anotó el tercer gol, fruto de una jugada colectiva entre Carreras y Vinícius. El brasileño, uno de los futbolistas más observados por los hinchas en las últimas semanas, pasó de escuchar murmullos a recibir una ovación. El Bernabéu festejó y parecía reconciliarse con un equipo que venía siendo escrutado.
Pero el desafío del Madrid esta temporada no radica en ganar partidos, sino en mantener el nivel de juego. El conjunto de Mourinho volvió a mostrar las intermitencias que inquietan a sus seguidores. Bajó la intensidad, perdió el control del mediocampo y permitió que el Rayo Vallecano creciera en confianza. El gol de Sergio Camello al inicio del segundo tiempo reavivó los viejos fantasmas.
La impaciencia se hizo presente de nuevo. Los silbidos descendieron de las tribunas mientras Thibaut Courtois intervenía para evitar que la diferencia en el marcador se redujera aún más. La sensación era peculiar: el Madrid ganaba con holgura, pero transmitía inseguridad en su propuesta.
Hacia el final del encuentro, Mbappé reapareció para sellar el resultado. El delantero francés, nominado recientemente al Balón de Oro, concretó un contraataque para el 4-1 definitivo. Fue su doblete y también el gol que evitó que la noche terminara en un ambiente aún más tenso.
Por ello, más que los goles, el centro de atención tras el partido se volcó en las explicaciones de Mourinho. El técnico portugués optó por hablar del futuro y de una de sus apuestas personales: Yan Diomandé, el extremo de 125 millones de euros que fue titular por primera vez desde su llegada al club.
“Estoy un poco mayor para sentir presión”, respondió el experimentado estratega cuando le consultaron si la titularidad del africano se justificaba por el alto costo de su pase.
Mourinho amplió sus comentarios: “Tiene mucho que aprender desde el punto de vista táctico, pero se le ve un potencial increíble”. Y añadió una frase que aclara su insistencia en darle minutos, a pesar de la fuerte competencia interna: “Debo tomar decisiones. Debo evolucionar a Diomandé. De los otros, ya sé qué puedo darles”.