En un mundo acelerado, donde el estrés y las preocupaciones se acumulan, el tejido emerge como una práctica con un sorprendente poder: el de ‘ordenar la cabeza’. Este resurgimiento no es casual, sino una respuesta evidente a las exigencias de la vida contemporánea. Una investigación de la fundación Knit For Peace ha documentado los beneficios de esta actividad manual, revelando su impacto positivo en la salud física y mental.
El estudio demuestra que tejer mejora significativamente el bienestar general, con la capacidad de aminorar el progreso de enfermedades como la demencia senil, ofrecer distracción frente al dolor crónico y ayudar a prevenir síntomas de artritis. Además, se destaca su efecto favorable en la salud emocional y mental, considerándolo eficaz como parte del tratamiento para la depresión y la ansiedad.
Pero, ¿qué hay realmente en el tejido que provoca esta sensación de claridad mental? María Victoria Raffo, una emprendedora neuquina y exdocente universitaria que ahora imparte talleres, ofrece su perspectiva. Ella guarda vívidos recuerdos de sus abuelas, Emilia y Victoria, tejedoras habilidosas. «Las recuerdo no solo por las prendas que vestí en la niñez y adolescencia, sino por los gestos de ambas que quedaron en mi memoria: el sonido de las agujas, el olor de las lanas, las formas en que las manos se movían en una cadencia de ritmo repetitivo, el canasto de tejidos siempre cerca de la silla», relata.
Raffo rememora la simple instrucción de sus abuelas: ‘Mirá y aprendé’. Ellas, dice, no ofrecían muchas explicaciones, pues ese era su momento de pausa y reflexión. «Ahora lo entiendo: conversaban con ellas mismas, era su tiempo detenido y silencioso para pensar, para organizar encuentros familiares, hacer la lista del mercado… Les ordenaba la cabeza», explica. Así, observando, María Victoria comenzó a tejer, primero por curiosidad para sus muñecas y ropa, luego comprendiendo que ese tiempo se volvía indispensable en su vida.
Al jubilarse de la docencia universitaria, María Victoria decidió transformar su pasión. Lo que muchos vieron como una etapa de descanso, para ella fue el inicio de una aventura: la creación del Taller del Garage. Su deseo era seguir enseñando, pero desde un lugar distinto, más íntimo. En este espacio, lejos de las aulas, las agujas y los puntos guían los encuentros, y cada madeja es una invitación a la creatividad, al intercambio y al aprendizaje. «Nunca me imaginé que esta etapa me regalaría tanto. Descubro que enseñar sigue siendo mi manera favorita de habitar el mundo y que el tejido tiene la extraordinaria capacidad de reunir personas, despertar la creatividad y pausar el tiempo», afirma.
Raffo describe el tejido como «neurociencia aplicada». Argumenta que esta actividad permite pasar de un cerebro reactivo, apurado y propenso al multitasking y al ‘scroll mental’, a uno regulado y presente. «Tejer propone un tiempo de reparación neurológica. Tejer es oxitocina + atención plena + serotonina», detalla. Para ella, el valor no radica solo en la pieza terminada, sino en la «experiencia cerebral que sucede mientras tanto»: el ritmo, los movimientos repetitivos, la atención, la creatividad, la pausa, el aprendizaje del error, los cálculos, la planificación, los gráficos, los símbolos y la tolerancia a la demora y la gratificación diferida.
El tejido, el bordado o el crochet son mucho más que pasatiempos tranquilos. Son actividades complejas donde el cerebro coordina movimientos, ejecuta una planificación, realiza operaciones matemáticas, descifra símbolos, y centra la atención y la memoria de forma simultánea. Las secuencias rítmicas y repetitivas que estas tareas implican favorecen estados de concentración profunda y regulación emocional, proporcionando ejercitación y placer por igual. Es por esto que se percibe esa sensación de que ‘ordena la cabeza’, ya que la experiencia adquirida durante el proceso se extiende a otras situaciones que demandan similar concentración.
La combinación de foco atencional, movimientos finos y un ritmo constante dirige la atención hacia una tarea específica y corporal. Simultáneamente, el cerebro coordina la memoria y la percepción sensorial. Estas secuencias predecibles y estables inducen una sensación de calma, comparable a la que se experimenta al caminar o amasar. Las manos, al contar puntos, seguir patrones, corregir errores o anticipar formas, ayudan a enfocar la atención. Esta disposición corporal y concreta reduce el estrés subjetivo y modifica la forma en que utilizamos nuestra atención.
Una de las claves fundamentales de esta práctica reside en su contraposición a nuestro entorno actual. En un mundo dominado por pantallas, imágenes fugaces, interrupciones constantes y la multitarea, tejer o coser ofrecen algo inusual: tiempo continuo. Raffo subraya este concepto de tiempo que fluye «a contramano del tiempo apurado de nuestros días y de los resultados cuasi mágicos e instantáneos». El apuro constante, explica, nos mantiene en un estado de ‘lucha o huida’, con el sistema simpático activado. En contraste, el tejido demanda un ritmo que se alinea con las manos, el proceso de aprendizaje y el respeto por cada paso para lograr un buen resultado. Ahora, el porqué de la ‘cabeza ordenada’ se comprende con mayor claridad.
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