Es una radiante mañana de invierno en Puerto Pirámides. El pronóstico indica que la temperatura llegará a los 16°C pasado el mediodía: antes de que vuelva el frío, el sol ya acaricia ese paraíso de 511 habitantes según el Censo 2022, que se aprestan a vibrar con la final del Mundial en la costa de Chubut. Fernando Grosso mira por el ventanal de la hostería y se asombra otra vez con ese paisaje de dunas, acantilados y detrás el azul profundo del Golfo Nuevo y las primeras ballenas francas australes que empiezan a asomarse en el horizonte. Agradece, como siempre, haber llegado a este rincón del mundo hace cuarenta años. Hoy, a los 58, a Mumo, como le dicen, lo enorgullece que este pequeño pueblo bendecido por su belleza sobrenatural de la Península Valdés sea uno de los ocho candidatos de la Argentina para consagrarse como el más lindo del mundo en la edición 2026 de los Best Tourism Villages.
Cuando Malvina lo llevó a Mumo a descubrirlo, en las vacaciones invernales de 1986, en aquel tesoro aún escondido de la Patagonia no había servicios, no había luz ni gas y apenas 37 habitantes resistían al viento y la soledad. Quedaban vestigios de las construcciones británicas de principios del siglo XX cuando construyeron el ferrocarril salinero que trasladaba el mineral hasta el puerto y los habitantes eran más de mil, hasta que aparecieron otros puertos y después el tren dejó de funcionar y todo se desmoronó. En los 80, solo había un puñado de vecinos, la mayoría pescadores y peones de los campos de la estepa. El turismo aún no había posado sus ojos en esta joya del sur, pero Malvina y Mumo estaban a punto de iniciar una maravillosa aventura.
De Neuquén a Puerto Pirámides
En aquel año que entró en la memoria colectiva de los argentinos, mientras Maradona se volvía inmortal en México y el talento de Borges se apagaba en Suiza, Mumo estudiaba Turismo en Neuquén junto a Malvina Trespailhie Góngora, por entonces su novia y hoy su socia. Ella le había hablado de aquel pueblo hermoso y en las vacaciones de invierno viajaron para que él lo conociera.
Malvina había nacido en Puerto Madryn (a 94 km) y cada Año Nuevo viajaba con su familia y amigos a pasar una semana allí. Era un día de julio también soleado, perfecto, hasta se podía andar en remera.
-Se enamoró enseguida- recuerda ella. Mumo no podía creer nada de lo que veía.
-Yo me quiero venir a vivir acá – le dijo a Malvina.
De regreso a Neuquén, para un trabajo de la facultad, les tocó diseñar un proyecto turístico enfocado en un pueblo. El elegido, claro, fue Puerto Pirámides. El trabajo debía tener una versión en inglés y el título fue “The Paradise”. Seis meses más tarde, ese sería el nombre para el pub que abrieron ese verano.
-Pasamos el día en la playa, a la noche sacamos unos tragos en el chiringuito y la rompemos -decía él, entusiasmado. No sospechaban la oleada de clientes que se vendría, ni la aventura en la que se embarcarían, que incluiría toda una movida de construcción. Tenían 19 años.
Preservar el estilo inglés de la construcción original
“The Paradise” nació en un pequeño local en una de las alas del viejo hotel Español, una antigua construcción de estilo inglés, con esas paredes de madera noble, techos de chapa acanalada y un mostrador de estaño que concentraba la vida social del pueblo que giraba alrededor del ferrocarril, hasta que dejó de funcionar. A Malvina y Mumo les faltaban infraestructura y recursos, pero les sobraba audacia. Para armar el lugar, apelaron a la arquitectura de lo disponible.
Recolectaron descartes de las mueblerías que la familia de Mumo tenía en Bahía Blanca y Neuquén. Cargaron todo en una camioneta y se instalaron a metros de los médanos, dispuestos a reciclar cada tabla de pino para dar vida al pub.
El ramos generales “El Indio” del padre de Malvina sería fundamental para proveerse de todo lo necesario. Los habitantes de Puerto Pirámides compraban allí con cuenta corriente, con el viejo sistema de anotar en una libreta y por eso ella conocía a todo el mundo, un factor importante para decidirse a instalarse allí.
-Me sentía protegida -recuerda Malvina.
Un día de aquel verano del 86, una mujer se acercó con una pregunta que resultaría clave.
-¿No hacen pizza? -quiso saber después de saludar. Mumo y Malvina se miraron: sólo tenían harina, pero respondieron que sí, claro.
-No nos íbamos a achicar -recuerda Malvina. Aquella primera clienta dijo que pasaría tres horas después a buscarla. Fueron a lo de Roldán, el único almacén del pueblo, y consiguieron levadura. Jamón y muzzarella no había, pero sí paleta y queso mantecoso.Malvina, que ya mostraba su pasión por la gastronomía, tenía en mente la receta que le había pasado su tía Blanca Góngora. Al volver, faltaba lo más difícil: poner en marcha el horno de una cocina destartalada y evitar que perdiera calor. Encontraron una ingeniosa solución provisoria y luego la pieza que faltaba en “El Indio”. Aquel día, el del debut, a las 19 la pizza estaba lista. Al otro día, la mujer volvió.-¿Hoy podrían ser tres pizzas? -preguntó.-Claro. ¿Cómo estaba la de ayer?-Espectacular -respondió. El tercer día, la mujer volvió con más pedidos. Trabajaba en el camping, se corrió la voz y aparecieron más clientes. Malvina se levantaba a…
¿Nadie ha roto el hielo todavía?
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