Aquello que por décadas se asoció con el estilo y la rebeldía, como fumar cigarrillos tradicionales, ha perdido su atractivo y ahora se percibe más como una adicción. La implementación de restricciones al consumo de tabaco en espacios públicos fue un factor decisivo en este cambio cultural. Entre 2009 y 2012, esta política logró que más de 700.000 personas abandonaran el hábito de fumar, y siete de cada diez fumadores consideraban dejarlo, según la Encuesta Mundial de Tabaquismo en Adultos, realizada por el Ministerio de Salud de la Nación y la Organización Panamericana de la Salud.
Sin embargo, este progreso ha comenzado a estancarse en los últimos años, con la aparición de una nueva preocupación: el crecimiento del vapeo, especialmente entre los jóvenes. Datos de la Asociación Latinoamericana de Tórax (ALAT) indican que, para 2020, el 22,2% de los países de América experimentaron una disminución en el consumo de cigarrillos convencionales, siendo estos reemplazados por nuevas formas de aerosoles.
Estos nuevos dispositivos aumentan de tres a cuatro veces el riesgo y la velocidad de adicción en comparación con el cigarrillo tradicional. Su uso entre adolescentes es nueve veces superior al de los adultos.
Gustavo Zabert, profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional del Comahue, explicó que “hasta principios de este siglo, la cantidad de gente que fumaba en Argentina disminuyó en forma sensible y rondaba el 30%”. El quiebre se produjo a partir de 2005, cuando “se fueron popularizando globalmente los espacios libres de humo de tabaco” en lugares como universidades, oficinas públicas y restaurantes. Esta política, acompañada de programas de apoyo para dejar de fumar y nuevos medicamentos, fue “de gran éxito” porque el acto de fumar dejó de ser una conducta socialmente aceptada.
Zabert señaló que el consumo de tabaco tiene tres pilares: la adicción química a la nicotina, y las dependencias social y psicológica. Al retirar el componente social mediante las restricciones, fumar pasó a ser una actividad mal vista por la mayoría de la población no fumadora (un 70% prefiere que se fume afuera), lo que lleva a los fumadores a “perderse momentos, espacios, relaciones”. Además, se demostró que el humo de segunda mano causaba consecuencias en no fumadores, como un mayor riesgo de cáncer de pulmón en mujeres que convivían con hombres fumadores.
La situación comenzó a cambiar con la aparición del cigarrillo electrónico en 2004, producto de una empresa china. Diez años después, estos dispositivos de nicotina se masificaron, atrayendo principalmente a los jóvenes. Son más fáciles de ocultar, ofrecen sabores frutales y no generan el humo tradicional. “Solo aspiran ese aerosol, inhalan y retienen, sin producir humo y, según decían, con menos tóxicos. El cigarrillo electrónico es la mejor manera de aportar nicotina a dosis altas”, afirmó Zabert, alertando sobre la aparición de dispositivos cada vez más eficientes para concentrar y absorber nicotina rápidamente.
Zabert, director de la Carrera de Neumonología de la Universidad Nacional del Comahue, advierte sobre esta “nueva epidemia de adicciones”. “En muy pocos años, la industria del tabaco se modificó. Publicaban de la nada que los cigarrillos electrónicos eran menos dañinos que los convencionales. ¿Son menos tóxicos? No, es solo otra forma de exposición”, insistió. Los estudios también empiezan a revelar otras consecuencias sobre la salud.
Las cifras de consumo de tabaco en estudiantes universitarios mostraron una baja del 30% en 2005 al 24% siete años después (15% entre estudiantes de Medicina). Sin embargo, el Sedronar informó el año pasado que el 25% de los adolescentes había probado el cigarrillo electrónico en los últimos años y un 16% de los estudiantes lo consumía a diario.
El desafío, según Zabert, radica en que para entender las consecuencias del cigarrillo convencional se necesitaron más de 70 años de estudios científicos, desde las guerras mundiales hasta las publicaciones de 1950 que asociaban el tabaco al cáncer de pulmón. “¿Tendremos que pasar 50 años hasta saber qué produce? La industria de la nicotina simplemente lo produjo y lo largó para comercializar. Y la gente lo compra con el mensaje falaz de que es menos tóxico que el cigarrillo convencional”, cuestionó.
Desde 2010, el consumo global de cigarrillo convencional ha caído hasta casi un 25%. No obstante, la OMS estima que el consumo mundial de cigarrillos electrónicos abarca a más de 100 millones de personas, de las cuales 15 millones son niños de entre 13 y 15 años. En Argentina, la edad promedio de inicio en el hábito del tabaco es de 17,4 años, según la Encuesta Nacional sobre Consumos de Prácticas de Cuidado.
La OMS lanzó su primera gran advertencia global en 2014, calificando al cigarrillo electrónico como una “seria amenaza para la salud respiratoria”. La aparición de una afección pulmonar letal en Estados Unidos, conocida como EVALI (Lesión Pulmonar Asociada al Uso de Cigarrillos Electrónicos o Vapeo), encendió las alarmas, llevando a organismos internacionales a catalogarlo como una “amenaza directa a la salud respiratoria”.
Ante este panorama, diversas localidades buscan ampliar los espacios libres de humo. Milán, por ejemplo, extendió en 2025 la prohibición de fumar tabaco a casi todas las áreas públicas al aire libre, con la única excepción de lugares donde se pueda mantener una distancia de 10 metros de otras personas.
En la provincia de Río Negro, la Legislatura impulsa un proyecto de ley para extender los espacios libres de humo de tabaco a sectores al aire libre, como accesos a hospitales y escuelas, juegos infantiles…